Crítica sobre «Pez volador» de Miguel Maestro (Nos hacemos un cine)

Artículo publicado en Nos hacemos un cine el día 17 de marzo de 2022.

El colapso, la difícilmente explicable sensación de que todo lo que está mal irá a peor y, además, ya se ha traspasado el punto de irreversibilidad se ha asentado en no pocos de nosotros hasta el punto de asumir lo inevitable en un estado catatónico que no deja de hacer empeorar nuestras constantes. Las piezas de Nayra desde la excepcional «Subterrae» no dejan de explorar este camino que, hasta el más ciego, es capaz de sentir y sólo el interés particular se empeña en negar. Con la serie de obras cortas que van componiendo «Distopías alcanzadas» la directora canaria ha ido juntando un mosaico de nuestro olvido hacia el desfavorecido, nuestra consciente omisión de la memoria de un pasado muy remoto que no nos interesa, de la vigilancia omnipresente a través de cualquier dispositivo, de las contradicciones de la deslocalización y de la improbable convivencia entre el modelo de turismo de masas y la sostenibilidad de la vida de quien a diario convive con la marabunta. Ahora es nuestro comportamiento de arrastre, nuestra capacidad de enturbiar el medio ambiente, nuestra suciedad innata la que entra en imágenes para plantarnos ante nuestra realidad contaminante.

En palabras de la directora el pez volador es un símbolo de libertad y esperanza para muchas culturas. Su imagen surcando el aire para zambullirse mezcla extrañeza y belleza a partes iguales. Como cualquier especie que ve invadido su ecosistema por el hombre su expansión se frena y comienza su decadencia. El futuro del pez volador parece anunciarse en ese plano final de un ejemplar que, como un alien, flota en formol en un museo de ciencias naturales. Por el camino hay todo un amasijo de plásticos y metales pesados contaminando los mares del mundo, envenenando o asfixiando la fauna y la flora y reduciendo la calidad del agua. No hacen falta palabras en el discurso de la directora, bastan cuatro escenarios, cuatro ejemplos de imágenes muy bien filmadas y mejor sonorizadas para enseñarnos el camino progresivo de nuestro declive como especie y, lamentablemente, el del resto que vienen obligadas a convivir con nosotros. Como escribió Thomas Ligotti «Si desapareciéramos mañana, ningún organismo de este planeta nos echaría de menos. Nada en la naturaleza nos necesita».

Las imágenes subacuáticas de los bañistas disfrutando del agua de una playa contienen su contrapunto. La acumulación y el ruido, debajo del agua seguimos siendo ruidosos y perturbadores, que abandonemos el agua y ascendamos a un plano fijo aéreo de una playa del litoral absolutamente sembrada de parasoles indica el gregarismo contaminante que nos apasiona. Ese a+b da como resultado c, el foco de la cámara submarina parece aprisionado en medio de un organismo vivo, mutante e informe que no deja de ser una masa de plásticos en vaivén por el movimiento del agua. Adentrarse en esa maraña es la negación palpable de la vida y la antesala de su extinción anunciada; antes o después ese plástico, cuya degradación supera la esperanza de vida de cualquiera de nosotros, eliminará el oxígeno y la luz necesaria para la vida marina. El pez volador, como las exposiciones de restos plásticos recogidos del mar como si una manta de joyero se tratara, terminará convirtiéndose en producto de museo, siempre y cuando existan humanos que puedan gestionarlos.