Crítica de Manu Yáñez (Zinebi) sobre «Derivas»

En Derivas de Nayra Sanz Fuentes, la idea de la memoria deviene un mecanismo esencial para dar forma al trabajo contrapuntístico sobre el que se asienta el film. A partir de una deslumbrante colección de estampas, en formato 4:3 y plano fijo, en las que lo natural dialoga con lo maquinal, Derivas va dando cuenta de un mundo en el que las huellas del pasado intentan pervivir ante el asalto de una modernidad fulgurante, representada en la película por los ritmos acelerados y el bullicio artificial de la industria turística. Con un sexto sentido para capturar el espíritu de un tiempo y un lugar, Sanz Fuentes encuentra partículas significantes por todas partes: en las embarcaciones varadas en la playa, en las casas en ruinas, en el tenso ajetreo de un negocio de restauración, en la expresión impávida de unos habitantes que parecen observar desde otro tiempo… Y, sin embargo, la película fluye de un modo orgánico, a medio camino entre una antropología de los rostros y una poética del paisaje.

En el mayor hallazgo del film, Sanz Fuentes se detiene a observar una figura masculina que, pese a deambular por la civilización, parece no haber perdido un cierto vínculo primitivo, esencial, con la naturaleza.

Esta figura tosca, melancólica y crepuscular, que pasea por el mundo con las facciones prestadas del gran Franco Citti, se convierte, como si se tratara de una aparición pasoliniana, en un emblema del desconcierto y la resistencia ante un mundo a la deriva.

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