Crítica de «Derivas» por Nos hacemos un Cine. VIII edición

Cuarta entrega de su serie “Distopías alcanzadas”, “Derivas” es la que más se acerca a los espacios propios de la directora al filmar en su Canarias natal para mostrarnos una realidad, ahora en suspenso por las circunstancias sanitarias, pero que se ansía retomar desde las instituciones, empresas y ciudadanos como un síntoma de normalidad cuando, quizás, lo más anormal sea ese ímpetu por moverse, por cambiar de emplazamiento, por desplazarse una semana, dos, el “cambiar de aires” pero muy poco de costumbres o hábitos. Los primeros planos de “Derivas” se fijan en lo más evidente pero, al tiempo, lo menos frecuentado por las sociedades modernas, el simple paso del tiempo observando los fenómenos naturales del mar que golpea contra las rocas de la costa. Por más que a su alrededor puedan abundar las urbanizaciones, las playas atestadas o las legiones de autobuses que vomitan turistas hacia otros medios de locomoción para que se confunda vacaciones con movimiento sin cesar, el plano cerrado sobre la roca con el mar que se mueve y golpea rítimicamente sobre ella hace olvidar cualquier aberración paisajística o humana por muy próxima que se encuentre. El espacio en el que Nayra Sanz plantea su última entrega queda perfectamente definido en ese primer minuto, justo aquél sobre el que ni pensamos ni reflexionamos y que, producto de nuestra inconsecuencia, empujamos hacia su destrucción.

Pero esa horda que se agolpa ante la pasarela de embarque, que perturba el sonido del mar con sus voces o con la megafonía procedente de los guías turísticos para ordenar una cola de entrada, no sólo modifica el entorno avasallado por sus costumbres, más o menos lejanas, y que no se abandonan durante los días de descanso cansado; esa enorme recepción de personas sobre espacios físicos muy reducidos, sin más objetivo que consumir y ser consumidos, en un trajín constante que hace equiparar vacaciones con no descansar, modifica también, y sustancialmente, la forma de ser y de afrontar la existencia de los propios habitantes de las islas. No fija su atención la directora en lo que hacen o dejan de hacer los turistas, más allá delos breves planos del restaurante, sino en lo que aparentan haberse convertido los habitantes volcados, como se muestran, en satisfacer las demandas básicas de los viajeros; el transporte, el hospedaje y la comida. Las miradas de todas estas personas parecen perdidas en un punto del horizonte difuso y confuso, marcadas por un objetivo preciso de supervivencia y acomodación a lo que proporciona trabajo, pero al tiempo siendo símbolo de la renuncia implícita a siglos de convivencia con la naturaleza. Paradójicamente, un territorio rodeado por agua, evoluciona hasta dar la espalda al mar centrándose en el servicio inmediato y transformando a una sociedad en dependiente de una única actividad.

La crítica que contienen las imágenes es la misma que la del estremecedor plano final de “Subterrae”, el olvido constante hacia los orígenes de “En esas tierras” o el enloquecimiento progresivo de abandonar nuestra intimidad desde el momento en que salimos a la calle en “Selfie”, viviendo en una sociedad hiperconectada al dispositivo electrónico pero carente de vínculos comunitarios estables y fuertes. “Derivas” habla de una realidad que ha quedado en suspenso pero que no deja de tener una conexión directa con lo que la película muestra. Cuanto más nos movemos más rápido se propagan las enfermedades, las físicas en forma de virus cómodamente transportados en aviones que nos mueven en un día de una punta a otra del planeta cuando hasta no hace muchas décadas se necesitaban meses, y las morales derivadas del cambio de costumbres, de la uniformización del comportamiento, de la consideración hacia el otro ausente de empatía y sólo como un servidor al que se paga sin pararnos nunca a pensar en las consecuencias finales, tan absurdas como delirantes, como la de que termines comiendo en una casa de comidas de Canarias pescado congelado procedente de Ecuador.

Es esa tendencia a la autodestrucción, colectiva e individual, la que las imágenes de Nayra Sanz Fuentes transmiten con sus pequeños barcos varados, como si ya fueran innecesarios en un mundo que encuentra siempre algo más barato en cualquier otro lugar apartado y para el que, sin aceptar lo cercano y su importancia, obliga a las poblaciones a hacerse cargo de actividades que sirvan a las nuevas realidades que se imponen como sinónimo de un status que, por generalizado, deja de marcar ninguna diferencia. Extrañamientos interiores producidos por influencias externas que modifican nuestra relación con el mundo más cercano, ése con el que, se quiera o no, estamos obligados a convivir pero al que nos empeñamos en no mirar. El ruido del mar, el viento que nos azota cerca de la costa, el olor a salitre permanecen, y todavía permanecerán mucho tiempo, pero según pasan los años hay profesiones que se pierden, costumbres que se olvidan, ritmos de vida que se abandonan por lo inmediato y lo fácil pero que de un soplo pueden desaparecer dejando sin alternativas a millones de trabajadores. Es Canarias como puede ser el centro de las ciudades históricas, las playas masificadas de cualquier destino relativamente económico o nuestra atmósfera agujereada por millones de vuelos comerciales. No hay sostenibilidad en nuestro comportamiento, y el planeta nos lo recuerda a diario. Cuestión diferente es que no nos queremos enterar.

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