Firma invitada de Nayra Sanz Fuentes en Cortosfera

Además de ser una directora ampliamente reconocida Sanz Fuentes es, también, una excelente escritora de cine. En consecuencia, qué mejor guía que ella misma para adentrarnos en su propio y sugestivo universo de no-ficción (Sub Terrae, En esas tierras…), y descubrir las claves que hacen de Selfie, su última propuesta, una distopía intensa e hipnótica.

Dentro de mis diferentes inquietudes, me interesa destacar mi atracción por los espacios, por muy anodinos o desconcertantes que estos puedan resultar; cuando llego a un lugar, casi como un juego, pero también tratando de asumir toda su complejidad, tiendo a preguntarme cuál ha sido su realidad histórica, cuántas capas de vida, cargadas de matices y contradicciones, lo han ido conformando. Así, los últimos trabajos que he llevado a cabo desde 2017 se definen fundamentalmente por haberme acercado a un espacio determinado y, casi sin intervenir en él, presento una serie de cuestiones que me preocupan sobre el mundo contemporáneo y que, como misma herencia que es, también tiene una carga de pasado y de proyección de futuro. Son trabajos en los que, de una manera u otra, intento reflexionar sobre la compleja relación, el pulso tenso y continuo, entre el hombre, la naturaleza y la máquina.

El primero de ellos fue Sub Terrae en el que, en el contexto de un extraño cementerio, me interesó plantear la idea de los infiernos terrenales que el ser humano puede llegar a generar para su propia especie; de la fina línea que separa una vida digna de otra que ha dejado de serlo, y de la preocupación milenaria del tránsito entre la vida y la muerte. El siguiente fue En esas tierras, en el que, a través de un campo de limones, traté de reflexionar sobre los orígenes de este fruto y todo lo que implica que haya terminado por ser parte de nuestra cotidianidad. Parafraseando al escritor gallego Álvaro Cunqueiro, “Todo fruto sabe mejor cuando uno conoce su historia”. De esta manera trabajé sobre la llegada de los árabes a la Península Ibérica, la particular conformación de nuestras identidades y los constantes flujos migratorios que caracterizan al ser humano. El tercero es Selfie, estrenado recientemente en la 16ª edición de DocumentaMadrid, con el que he querido hacer un autorretrato social; un “selfie” particular que nos devuelva nuestra imagen aparentemente distorsionada a través de reflejos visuales y directrices sonoras. Movimientos y sonidos presentes en tantas metrópolis atrapadas en la cultura de la vigilancia, el consumo y el miedo; un lugar donde la arquitectura más vanguardista se impone a las dimensiones del ser humano y donde reverberan conceptos como el “no lugar” de Marc Augé, o el “espacio basura” de Rem Koolhass. Ya, por último, dentro de esta serie de trabajos, pretendo terminar próximamente Derivas y filmar este verano Pez volador.

Son cinco trabajos que, por su acercamiento temático, a través de los espacios, y su planteamiento formal, más próximo a un lenguaje alegórico que narrativo, aúno en un grupo que definiría como Distopías alcanzadas, recurriendo a uno de los conceptos de Michael Foucault. Frente la “utopía”, la “distopía” se define por ser la representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana. Mi planteamiento es hacer una lectura de este concepto no tanto desde la proyección de futuro, sino desde nuestra realidad presente con el fin de reflexionar sobre los diversos mundos que vamos construyendo, que nos van definiendo, y cómo nos relacionamos con ellos.

En el caso particular de Selfie, la idea surgió de muchas cuestiones que me preocupan. Sin duda estamos atravesando un momento histórico de cambios radicales, fundamentalmente por las diversas revoluciones tecnológicas que están transformando el mundo. Si el ser humano pasó por un tiempo histórico en el que consideró la naturaleza como algo sublime y en donde el individuo era un elemento minúsculo ante la misma, más adelante alcanzó otro en el que creyó que casi la había llegado a dominar. Sin embargo, en este periodo parece que nos encontramos en un tránsito donde las máquinas y la inteligencia artificial, irónicamente inventadas por el hombre, comienzan a ser el centro de nuestra realidad para llegar a convertirse en un nuevo concepto de lo sublime. Es así como, con estos tres elementos -naturaleza/hombre/máquina-, he querido plantear, en esta ocasión a través de Selfie, un diálogo intenso e incómodo que nos cuestione sobre nuestro tiempo presente. A su vez, si algo ha caracterizado a la humanidad a lo largo de los siglos, es su relación con las religiones y el enigma de los ídolos, que siempre implican, de un modo u otro, de forma consciente o inconsciente, algún tipo de sumisión. Al recurrir al término selfie -uno de los conceptos más utilizados de nuestras sociedades cosmopolitas- y confrontarlo con los reflejos deformados, donde están presentes reductos de la naturaleza, la presencia de las máquinas y una estructura clave que va tomando forma según avanza el cortometraje, me interesaba preguntarme sobre la nueva religión de las sociedades del consumo.

Como cineasta me interesa mucho tratar de tensar la imagen, buscar maneras en las que el fondo y la forma dialoguen desde un ámbito que no sea siempre lo narrativo, sino más bien lo sensitivo, con el fin de que el espectador pueda proyectar sus propias experiencias sobre la imagen más que imponerme sobre ellas, de tal manera que a partir de las mismas puedan surgir toda una serie de preguntas. Así, con Selfie he pretendido hacer una propuesta minimalista, tanto de recursos visuales como de montaje, en la que las imágenes nos remitan a referencias históricas con interpretaciones diferentes según nuestras conformaciones culturales, ya sea desde la Kaaba en la Meca, al ojo del ordenador Hal o al monolito de 2001: Odisea en el espacio de Stanley Kubrick. Junto con la parte visual, he querido trabajar el sonido al mismo nivel que la imagen, creando una atmósfera entre hipnótica y ensoñada, en la que las voces autómatas de las máquinas nos remitan a mundos de ciencia ficción descritos en décadas pasada, como Un mundo feliz de Aldous Huxley, o Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, y que, sin embargo, reconocemos en nuestro más directo presente. Escenas y situaciones, todas ellas, que pretenden sugerir e interpelar sobre quién/quiénes mira/miran y quién/quiénes es y son mirado/mirados; una alusión a un ojo-espejo que podría traducirse como el gran panóptico de Foucault.

Leer artículo en Cortosfera.