Crítica de Miguel Martín (Nos hacemos un cine)

En forma de pequeñas piezas, la cineasta canaria Nayra Sanz Fuentes va conformando un catálogo visual alrededor del ser humano, de sus relaciones presentes e históricas con el medio en el que le toca vivir, de su insignificancia individual y la confusión de identidad generada por un interés superior de las élites dominantes para evitar la individualidad y uniformizar las reacciones sociales. Al mazazo que supuso «Subterrae» le siguió la visión humanista e histórica de «En esas tierras», continuando el camino ahora con «Selfie», tercera entrega de los que parece va a ser un cuarteto de bocetos impresionistas, título de resonancias contemporáneas en el que el ser humano vuelve a quedar sepultado; ahora no por toneladas de basura, sino por el mensaje regulador automático procedente de órdenes continuas que atornillan nuestro cerebro en cualquier espacio urbano o urbanizado del planeta, todo ello mediante consignas de aparente obviedad neutral pero que denotan esa búsqueda del control del rebaño.

Aprovechando el reflejo que sobre una superficie pulida devuelve a la cámara imágenes deformadas de un espacio urbano con rascacielos, lo que se inicia como un episodio relajante de cantos matinales de pájaros va transformándose, fruto del cuidado estudio del diseño de sonido, en una encadenada melodía de sonidos industriales y mensajes pregrabados en una estación de metro. Naturaleza y máquinas, espacio verde domesticado y montañas de vidrio y cemento van desplazando la presencia humana hasta que ésta se convierte en mera destinataria de órdenes, órdenes para acceder al metro, órdenes para controlar el equipaje, órdenes para pagar en metálico o con tarjeta, órdenes presuntamente dirigidas a facilitarnos la vida diaria, pero que no ocultan la derivada de un control absoluto sobre nuestras actividades, dejando un rastro indeleble de todas ellas fruto de nuestra ambición tecnológica.

«Selfie» no se refiere a la autofotografía indiscriminada del presente, sino a la exposición continua consecuencia de nuestra sumisión acrítica al presente de intercomunicación, videocámaras, lectores de dispositivos que van haciendo de nuestra irrelevante biografía, una base de datos permanente a disposición de un poder abstracto, difuso y desconocido, pero omnisciente. El plano final descubre nuestra insignificancia, auténticas hormigas entrando y saliendo de ese espacio que parece un intercambiador de transportes. En medio de la masa, más o menos homogénea, nuestra presencia parece indetectable, pero esa cámara que vigila, esa especie de ojo invertido en el que se transforma la superficie que hace de espejo y recoge los movimientos de los paseantes, nos advierte de todo lo contrario. De la misma manera que los mensajes impersonalizados de la megafonía surten su efecto en todos nosotros de manera refleja, cualquier imagen grabada, o tarjeta leída, será recuperada en el momento que se necesite y nuestro presente, pasado, y probablemente nuestro futuro, serán accesibles para cualquier finalidad.

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