Arriba y abajo (Benito Romero)

El cortometraje Sub terrae es el último trabajo de la directora, guionista, montadora y productora Nayra Sanz Fuentes, quien a lo largo de su carrera profesional ha realizado cinco cortos, entre ellos Things in Common y Un día cualquiera, además del documental Tan antiguo como el mundo, que codirigió junto a su hermano Javier. Sub Terrae carece de diálogos y se abre con la imagen de varios zopilotes negros asentados en un descuidado cementerio. No hace falta recordar, a estas alturas, el valor simbólico que la figura de este tipo de aves (el mismo zopilote, el buitre, la corneja, incluso el cuervo) tiene para la civilización: desde el Poema de Gilgamesh hasta el homónimo de Poe, pasando por su presencia en diversas mitologías, en las que, por lo general, el ave negra de costumbres carroñeras es vinculada con la noche, con el misterio, con las tinieblas y con el mundo de los muertos. El cementerio que retrata la cámara de Sanz Fuentes parece más latino que anglosajón; desprende un aura que aúna algunos de los elementos consustanciales de la cultura latina (en su rama hispanohablante), como la pasión, la violencia o la exageración (en definitiva todo lo relacionado con las emociones), todo lo cual se contrapone, a su vez, con la sobriedad, la precisión y la rigurosidad que caracterizan a la cultura anglosajona, de corte más racional. El proxeneta minusválido de Magical Girl defiende una nada desdeñable teoría para entender el eterno conflicto que sacude a España: según él, «no tenemos claro si somos un país racional o emocional. Los países nórdicos son países cerebrales […]. Los españoles –concluye– estamos en una balanza que está suspendida justo en la mitad». A partir de ese dualismo casi esquizofrénico (una cultura emocional que aspira a ser racional) se ha desarrollado, con matices, la identidad latina hispanohablante, una identidad que culmina, como no podía ser de otro modo, en la exaltación necrófila que ha engatusado a foráneos respetables, como Hemingway o Jünger. El clarividente Rafael Azcona llegó a manifestar que «en España la muerte ha sido muy jaleada», a lo que añadió que a los españoles se les educa para la muerte («Lo importante [es] morir bien, de una manera edificante»). Esta celebración de la muerte, es decir del ave negra, del zopilote, sobre la paloma blanca, aleja a los latinos hispanohablantes de sus primos griegos e italianos, más volcados en festejar la vida y lo terrenal, y justifica el éxito arrollador que ha tenido en el mundo hispanohablante la filosofía de Martin Heidegger, autor que resumió el marco nihilista el que se desenvolvió con la frase «Sein-zum-Tode» («ser-hacia-la-muerte»), lo que, en opinión de Heleno Saña, demuestra «la falta de fe en el hombre y en la vida aquí en la tierra» que encierra una filosofía «de la desesperanza y la desesperación, basada en el concepto de ‘culpa’ pero sin el momento cristiano de redención ni el humanista de emancipación». Debajo del cementerio, ese espacio desgarrador vigilado por un cielo oceánico y un sol aplastante, la cámara de Sanz Fuentes nos muestra un enorme vertedero. Asistimos entonces a un espectacular plano fijo de casi tres minutos, un plano aéreo que nos sitúa en la perspectiva privilegiada y amenazadora de la nube de zopilotes y que recuerda al realizado por Hitchcock en Los pájaros, cuando las gaviotas se aglutinan sobre la bahía de Bodega Bay antes de iniciar su masivo ataque contra los humanos. En ese plano vemos a gente que parecen hormigas revolver incasables entre la basura y los escombros. Se trata de una imagen desasosegadora a la vez que hermosa. Del mismo modo que la escena final de la comilona de los mendigos de Viridiana es una clara parodia de La última cena de Leonardo da Vinci, este plano parece una versión esperpéntica de El jardín de las delicias de El Bosco. Y, en efecto, puede suponerse que la intención de Sanz Fuentes es ésa: denunciar mediante la deformación una realidad grotesca y miserable que es el resultado de unas determinadas raíces culturales preocupadas por ubicar la muerte en lo más alto y relegar la existencia a lo más bajo, convirtiéndola, de este modo, en el infierno donde cada día es una batalla. (No por casualidad el cortometraje concluye con los tres primeros versos de la Divina comedia correspondientes al pasaje en que el protagonista se encuentra a las puertas del infierno: «A mitad del camino de la vida, / en una selva oscura me encontraba / porque mi ruta había extraviado.») Gran trabajo visual y valiente propuesta crítica la llevada a cabo por Nayra Sanz Fuentes, sin duda.

Publicado por Benito Romero el 30 de enero de 2018 en MiradasDoc.